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Las dos muertes de Cynthia Ann Parker

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El 17 de diciembre de 1860 Nautdah tiene 36 años y vive en las praderas de Texas con su familia. Es la mujer de Peta Nocona, el joven jefe de una de las tribus de la nación comanche, y tiene 3 hijos: dos niños, Quanah y Pecos, y una niña, Topsana. La supongo feliz como única mujer de Peta (señal de respeto en la poligámica cultura comanche) junto a sus seres queridos.  Aunque la vida allí no es fácil, a medida que aumenta la presencia del hombre blanco mengua la de los bisontes, su principal medio de vida. Las disputas con los blancos eran frecuentes desde hacía siglos pero la batalla se iba perdiendo porque aquellos forasteros tenían dos armas incontestables: la viruela y el rifle de repetición.

La madrugada del 18 de diciembre son los rifles de la caballería de los Estados Unidos y de los Rangers de Texas los que aparecen por el poblado de Nautdah, cerca de Pease River. Su marido, que resultó herido, y sus dos hijos pueden escapar de la carnicería que allí causa el hombre blanco, cabelleras indias en mano incluidas. Nautdah, con su pequeña Topsana en brazos, también intenta huir pero es capturada.

Y entre el caos de polvareda de caballos, gritos, sollozos y sangre, seguro que a Nautdah le tuvieron que venir imágenes más o menos nítidas de una vida anterior en la que ella ya había pasado por ese mismo horror.

Una vida anterior en la que ella se llamaba Cynthia Ann Parker.

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Las Cañitas

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Junio de 1603 en las Españas, concretamente Salamanca. La relación entre Inés de Santa Cruz y Catalina Ledesma era la comidilla, “había mucho escándalo y murmuración en el barrio”, según el acta. ¿Y por qué? Por “bujarronas”. ¿Qué me dices? Lo que oyes, ¿cómo te quedas? ¿No te habías enterao todavía? Si todo el mundo lo sabe, las cañitas les llaman.

Pero aquello no quedó en habladurías de tasca y lavadero. Aquello fue a juicio porque no se podía tolerar. Y del juicio quedaron actas, enterradas en el archivo de Simancas hasta que fueron rescatadas por el historiador Federico Garza Carvajal. Las sospechosas ya habían sido juzgadas dos años antes en Valladolid por el nefando crimen. El escribano no quería dejar lugar a dudas: “trataban una con la otra carnalmente como hombre y mujer poniéndose la una debajo y la otra encima y tenían un instrumento de caña hecho a forma de natura de hombre con el cual se conocían la una a la otra carnalmente y por dicho delito fueron desterradas de la dicha ciudad…«.

Aunque ellas no escarmentaban, eran reincidentes y parece que en Salamanca seguían igual, pecando contra natura obstinadamente. Según el explícito escribano, Inés “con sus manos la abría la natura a la dicha Catalina hasta que derramaba las simientes de su cuerpo en la natura de la otra por lo cual las llamaban las cañitas y esto es público y notorio entre las personas que las conocen”.

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Claudette Colvin, la otra

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Si una ley es injusta, es lícito no acatarla
Henry David Thoreau

Mientras más obedecíamos, peor nos trataban
Rosa Parks

Si hablamos de desobediencia civil, de desobedecer leyes injustas, no solemos acordarnos de Claudette Colvin, su nombre no nos dice nada.

En seguida nos vienen a la mente Mandela o las sufragistas inglesas, unas señoras muy desobedientes que consiguieron el voto para la mujer.  Y, sobre todo, Rosa Parks, la costurera que en diciembre de 1955 se negó a ceder su asiento en el autobús a un blanco, tal como marcaban las leyes de Alabama. Parks, pasó la noche en el calabozo y pagó una multa de 14 dólares, pero a la vez fue un símbolo para el inicio del movimiento en favor de los derechos civiles y el fin de la segregación racial en Estados Unidos. Eso es lo que consiguió Rosa al no obedecer una ley injusta.

Pero, como sugería al principio,  no quiero hablar de Parks, que ya la conocemos. De quien quiero hablar hoy es de Claudette Colvin. La otra.

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Julia Pastrana, La Indescriptible

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Julia Pastrana nació mujer, india y pobre en el estado Sinaloa, México, en 1834. Así que lo normal es que su vida no fuera fácil. Pero  además Julia era muy especial.  Tanto que cuentan en su pueblo, Ocoroni, que su madre la mantenía recluida en casa. También cuentan que en la casa no había espejos.
Julia Pastrana hubiera sido una india pobre y anónima más si no hubiera nacido con hipertricosis lanuginosa (otros hablan de hirsutismo) y con hiperplasia gingival. O, en términos de marketing –que puede ser extremadamente cruel–  si no se hubiera convertido en la famosa mujer mono, la mujer oso, la mujer más fea del mundo, un “híbrido maravilloso, producto de los amores pecaminosos entre un hombre y una hembra de orangután”. 
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La trobairitz y la soldadera

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Hasta hace cuatro días yo no sabía quiénes eran las trobairitz. En los siglos XII y XIII debían hacerse muy largas las tardes en los castillos de los poderosos, sobre todo porque no trabajaba ninguno. Aparte de entrenarse en el manejo de las armas y procurar no ser envenenado, poco más había por hacer.

Así que, armas aparte, los que no se daban a la oración y la mística se dieron a la literatura y el canto. En los siglos XII y XIII surgieron en el sur de Francia (o Catalunya Nord, no se me enfaden mis paisanos) los trovadores. Posteriormente la moda se extendió por otros lugares del Occidente cristiano.

Los trovadores componían y cantaban en lengua provenzal u occitano. Era una poesía culta y refinada, surgida entre las clases ricas para consumo propio, una afición para pasar el rato. Una poesía profana sometida a unas reglas estilísticas muy marcadas que cantaba lo que se ha venido a llamar el “amor cortés”.

¿Qué era eso? En teoría una concepción platónica y mística del amor, un estado de sufrimiento gozoso que lleva al nirvana, pero en el que no se consuma nada de nada. El trovador canta las excelencias de su inalcanzable amada. ¿Por qué inalcanzable? Pues porque la amada era la mujer de otro, así que había que guardar las apariencias y mantenerse lejos de la espada del cónyuge. Tanto que a menudo se usaban seudónimos en lugar del nombre de la señora.

Pero este esquema de trovador y amada-señora-de no siempre se dio así. Aunque se han documentado pocos casos y quedan pocas pruebas escritas, existieron algunas mujeres que le dieron la vuelta al asunto, las trobairitz.

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Hedy Lamarr, el glamour de la inteligencia

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Hedy Lamarr actuó en unas 30 películas, junto a estrellas como Clark Gable, Robert Taylor o Spencer Tracy. También compartió reparto con alguna debilidad personal como George Sanders o John Garfield, y fue dirigida por gente como King Vidor, Cecil B. deMille o el gran Jacques Tourneur. Incluso hizo una película con el inclasificable Victor Mature como compañero de reparto, Sansón y Dalila (1949), su obra más famosa.  Pero no dejó de ser una estrella menor en aquellos años 40 que son al cine lo que el Renacimiento a la pintura. Se la nombró “la actriz más bella de la historia del cine”, pero aún no había aparecido Ava Gardner y ya sabemos como se las gastan los publicistas de Hollywood.

Efectivamente fue una actriz muy guapa y con clase en una época en la que mientras Europa se desangraba Hollywood enseñaba al mundo lo que era el glamour, pero no estaba en el olimpo de las estrellas, ocupado por mujeres como Rita Hayworth, Ingrid Bergman,  Lana Turner o Lauren Bacall. Ni siquiera en el mío particular: Gene Tierney o Gloria Grahame, fueron señales del cielo para indicarme que dejaba de ser un niño, relevo que luego tomarían señoras como Elisabeth Taylor o Ava Gardner. Y para actrices de carácter ya estaban Bette Davies o Katharine Hepburn. Hedy Lamarr no había sido para mí más que una sombra fugaz hasta que descubrí su mejor obra, su vida. En 2009 se preparaba un biopic sobre Hedy que parece haberse quedado en el limbo. Venga, anímense, estamos esperando.

Si quieren una película fascinante con desnudos, guerra, espías, sexo, huidas espectaculares, sistemas de guía de misiles, wifi y teléfonos 3G, sigan leyendo. Con ustedes, Hedy Lamarr.

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